PENSAMIENTOS POSITIVOS

La búsqueda de la felicidad es el objetivo principal de nuestra vida. La sociedad en la que vivimos nos ayuda a lograr una cierta cultura, conseguir trabajo, manejar las nuevas tecnologías…, pero no nos enseña cómo buscar la felicidad. Entendemos que si yo deseo ser feliz, lo primero que tendré que saber es quién soy, saber quién es este que quiere se feliz.

Verdaderamente me conozco a mi mismo…?

¿Cómo es que yo, que quiero ser feliz, me pongo nervioso ante otras personas, o siento miedo de algunas de las circunstancias que la vida me presenta…?

¿Por qué a menudo me siento herido por lo que dicen o hacen los demás…?

¿Por qué en ocasiones me visitan la envidia, la tristeza, el pesimismo o la ira, y acampan en mi pecho sin que yo les haya invitado…?

¿Cómo es que, sigilosos como ladrones en la noche, aparecen pensamientos que se apoderan de mi mente y me dicen que no soy capaz y que no valgo, sin que logre vencerlos y arrojarlos fuera de mí…?

¿Podré ser feliz con esos desconocidos viviendo en mi interior…?

Si queremos ser felices, el trabajo básico ha de ser con los pensamientos, pues ellos son los mensajeros que nos anuncian lo que hay en nuestro interior.

Hay una estrecha relación entre pensamientos y sentimientos; entre lo que pensamos y como nos sentimos. Si los pensamientos que tenemos habitualmente son de paz, de confianza en nosotros mismos, de que somos apreciados… esas serán las emociones que sentiremos. Pero si son los pensamientos contrarios, yo no puedo, no valgo, los demás me ignoran, aquél es una mala persona…, entonces esos serán los sentimientos que brotaran en nosotros.

De lo anterior se deduce que hay dos clases de pensamientos: los positivos, que activan emociones y sentimientos positivos, y como consecuencia estaremos alegres, con ánimo, confiados… Y una segunda clase de pensamientos, los negativos, que dan lugar a emociones y sentimientos negativos, que nos llevarán a sentirnos tristes, nerviosos, menospreciados…

Esta conexión entre pensamientos y sentimientos es muy fuerte y reciproca: nuestros pensamientos son los responsables de nuestras emociones y sentimientos y, del mismo modo, nuestras emociones y sentimientos crean los pensamientos que surgen en la mente.

Con estas sencillas ideas ya tenemos suficiente información para, con un poco de práctica y muchas ganas, poder transformar nuestros pensamientos y estados emocionales.

MODO PRÁCTICO DE TRABAJAR CON: “PUEDO”, “PUEDO”, “PUEDO”…

Imaginemos que nos sentimos mal por estar viviendo una situación difícil: un disgusto por el comportamiento de un amigo; una dificultad para llevar adelante un proyecto; una desazón con o sin causa que la justifique… ¿Cómo superar ese estado? Podemos repetir en nuestra mente la palabra “puedo”, “puedo”, “puedo”… poniendo atención en esa repetición. Pasado un tiempo comenzamos a notar como cambia nuestro estado emocional, sintiéndonos más equilibrados, alegres y confiados.  Si esta tarea de repetir la palabra “puedo” la hacemos sin atención, el efecto beneficioso que obtenemos puede ser muy pequeño o incluso nulo.

La palabra “puedo” es eficaz para cambiar cualquier estado emocional que no deseemos, aunque hay ocasiones en que puede sustituirse por la expresión “confío en mí”, especialmente cuando percibimos que ante una situación dudamos de nuestra capacidad.

Este modo de trabajar los pensamientos y emociones es sencillamente la consecuencia de una ley que, bien aplicada, produce los resultados deseados, aunque es conveniente tener en cuenta tres tipos de posibles dificultades:

El primer obstáculo que hemos de superar es la duda de que algo tan sencillo pueda ser eficaz. Cuando algo es sencillo, barato o gratis desconfiamos de su eficacia. Tenemos el hábito de valorar lo que es caro, escaso, complejo…, pero a menudo lo que nos produce un mayor bienestar y felicidad son cosas naturales y sencillas, como pasear por la playa o por el campo; una tertulia con amigos; sentarnos en un banco a ver pasar a la gente; abrazar a una persona amada; recordar con una sonrisa a un ser querido que ya se marchó… ¿Hay algo más sencillo y valioso…?

Hay momentos en que nos sentimos tan decaídos que no tenemos ganas de decir “puedo”, ni de emprender otras acciones para salir de nuestro estado de apatía. ¿Qué hacer para superar este abatimiento? Solo hay un modo: no rendirnos, esforzarnos, querer de verdad superar la tristeza y pesimismo que perturban nuestra vida. Comencemos a decir “puedo”, “puedo”… aún sin ganas, aún si atención, una y otra vez. Abramos una rendija, aunque sea muy pequeña, y por ella se colará la luz. Entonces, tal vez mínimamente, nacerá la energía que nos permita proseguir con el esfuerzo. 

A menudo pensamos que son las circunstancias de la vida o el comportamiento de otras personas los culpables de que nos sintamos tristes, enfadados, envidiosos… Pero no es así, porque los únicos responsables de nuestros estados emocionales somos nosotros mismos. Si aceptamos esta idea sabremos que podemos cambiar lo que sentimos. En el caso contrario culparemos a los demás o a la mala suerte y no haremos nada para salir de ese estado que nos hace sufrir.

Con unos ejemplos vemos más claro este tercer obstáculo:

Primer ejemplo: es domingo y Antonio tiene planes para pasar el día en el campo con su familia y otros amigos. Piensa en lo que van a divertirse, especialmente los niños: la caminata a media mañana; las canciones a coro; la comida compartida saboreando de postre la rica tarta que siempre lleva Adela… Poco antes de la hora fijada para salir recibe una llamada de teléfono de otro miembro del grupo que le anuncia que han de suspender la salida al campo porque se prevén lluvias en la zona.

Antonio, que antes de la llamada se encontraba ilusionado y feliz, comienza ahora a quejarse y va creando en su mente pensamientos negativos: “Qué día tan aburrido me espera”, “tengo que aguantar a los niños en casa con lo nerviosos que se ponen”, “la mala suerte me persigue”, etc. A los pocos minutos de pensar así ya se siente desanimado, nervioso y triste. Si le preguntamos nos dirá que el culpable de su malhumor es el tiempo atmosférico, o también puede que lo atribuya al amigo que le dijo que se anulaba la salida al campo, aunque el único responsable de lo que siente es él mismo. La prueba está que cuando recibió la llamada que suspendía la excursión, él pudo haber forjado nuevos planes, como preparar una merienda en casa de uno de los integrantes del grupo; salir a tomar algo y luego ir al cine, u otros planes más.

Siempre, sin excepción, somos nosotros, y no las circunstancias, los creadores de lo que pensamos y sentimos.

Segundo ejemplo: Juan, la pareja de Carmen, llega a casa todos los días sobre las 8´30 de la tarde tras acabar su trabajo en la oficina. Raramente se retrasa, y si ese va a ser el caso, avisa a Carmen por teléfono. Son ya las 9´30 y Juan no ha llegado ni ha llamado por teléfono y, además, está lloviendo con fuerza. Carmen comienza a ponerse nerviosa y da rienda suelta en su mente a toda clase de pensamientos negativos que expliquen el retraso de Juan: “¿Qué le habrá pasado?”, “cada vez llueve más fuerte, y eso puede provocarle un accidente”, “seguro que le ha ocurrido algo, pues cuando se va a retrasar siempre me llama”…

Es muy probable que al llegar Juan a casa Carmen no le de tiempo a explicarse y de rienda suelta a su enfado y malhumor, acusándole de ser el culpable del miedo que ha vivido, de su falta de Amor por no haberla avisado, de no tenerle consideración… ¿Es así? La única responsable de su estado emocional alterado es ella, pues igual que se dejó atrapar por pensamientos negativos, podría haberse esforzado en mantener la serenidad ayudada por pensamientos positivos como: “yo soy paz”, “yo soy confianza”…

Tercer ejemplo: los dos ejemplos anteriores son de casos en los que el protagonista experimenta emociones negativas, pesimismo, enfado, tristeza…, y hemos visto que siempre es uno mismo el responsable de los sentimientos nocivos que crea con sus pensamientos negativos. En este tercer ejemplo vamos a ver que se mantiene esta reciprocidad cuando se trata de pensamientos y sentimientos  positivos.

Vamos a emprender una tarea y dudamos de nuestra capacidad: ¿podremos hacerla bien?, ¿verdaderamente estamos preparados?… Entonces, un amigo en el que confiamos, nos recuerda que ya otras veces hemos tenido las mismas dudas y que cuando decidimos actuar con confianza, la tarea nos ha salido bien. Comenzamos a pensar en positivo con “puedo, puedo, puedo”, “confío en mí”, “soy capaz”… y nuestras dudas van desapareciendo. Después, al emprender la tarea con seguridad y confianza, la llevamos a buen término.

¿Cuál es la razón de que haya aumentado nuestra confianza? Podemos pensar que es debido a ese amigo que nos impulsó a confiar. ¿Es esto cierto…? Sin duda que las palabras de ese amigo han sido un estímulo —y por ello le estaremos muy agradecidos—, pero nosotros somos los únicos que podemos cambiar nuestro estado de ánimo. Si un amigo nos aconseja, nada nos obliga a seguir su propuesta, pues tenemos total libertad para aceptar o rechazar esa sugerencia, e incluso para hacer lo contrario de lo que nos propone si así lo sentimos.

Siempre tenemos la capacidad de estar alegres o tristes, de confiar o dudar, de permanecer en calma o estar nerviosos. Nosotros somos los únicos que podemos cambiar lo que pensamos y lo que sentimos.

(En los próximos días publicaré un artículo en el que veremos cómo trabajar con los pensamientos para activar y sentir el Amor que somos )

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RESUMEN DE LAS IDEAS ESENCIALES DEL ARTÍCULO:

1ª La consecuencia de sostener pensamientos positivos en la mente es la creación de sentimientos igualmente positivos; recíprocamente, al mantener pensamientos negativos experimentamos sentimientos de esa misma vibración negativa.

2ª La relación entre pensamientos y sentimientos obedece a una ley que actúa con independencia de que la conozcamos o no: un pensamiento de paz crea un sentimiento de armonía; un pensamiento de juicio origina un sentimiento de separación.

3ª ¿Por qué al decir “puedo, puedo…” sube nuestra vibración y experimentamos sentimientos positivos? Al repetir “puedo…” con atención estamos movilizando una energía. Toda palabra, al igual que todo pensamiento, es una energía, una vibración, una fuerza, un poder en definitiva. Por ejemplo, sabemos que una soprano cantando un aria puede romper una copa de cristal colocada a varios metros de ella. El pensamiento tiene tanto o mayor poder que la palabra.

4ª ¿Cuál es la razón “funcional” de que podamos trasformar pensamientos positivos en sentimientos igualmente positivos? Cuando repetimos mentalmente palabras o frases, inducimos a la mente a conectar con el nivel sutil en el que se crean nuestras emociones y sentimientos, que serán concordantes con la vibración de esas palabras o frases. Si estas son positivas, igualmente lo serán los sentimientos que originen.

5ª La mejor demostración de la eficacia de esta ley la veremos cuando estando desalentados la apliquemos y comprobemos como cambia nuestro estado emocional y se incrementan nuestra energía, ánimo y alegría.

 EN DEFINITIVA, DE LO QUE AQUÍ ESTAMOS HABLANDO ES DE ACTIVAR

EN NOSOTROS UNA CUALIDAD DE ORDEN DIVINO:

LA POTENCIALIDAD QUE TODOS POSEEMOS

DE SER CREADORES DE NUESTRA REALIDAD.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juan José

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