ME HABLA EL ÁRBOL DE CUENCA

Hace unos años mi mujer y yo pasamos unos días de vacaciones en la Ciudad Encantada, en Cuenca. En el viaje de regreso a casa nos desviamos de la carretera general y circulamos unos kilómetros por un camino de tierra que marchaba paralelo a un riachuelo. Así es como llegamos a un lugar solitario y mágico. Todo el terreno que veíamos entre el riachuelo y unas montañas allá a lo lejos estaba sembrado de cebada, ya próxima a ser cosechada.

En el centro de una gran parcela, rodeado por el cereal, destacaba un solitario y hermoso árbol: inmediatamente sentí su llamada, pero no pude encontrar una senda por la que acercarme a él. Le hablé desde la distancia, y antes de marcharnos mi mujer le hizo una foto que, ampliada, está en la pared frente a mi mesa de trabajo. A menudo le miro y le sonrío… Hoy me ha hablado:

«Sí, te recuerdo… ¿Cómo voy a olvidarte? Te vi buscando una senda para cruzar el sembrado que me rodeaba y poder acercarte para abrazarme y conversar… No pudo ser, fuiste respetuoso y no quisiste pisar las espigas. Te envié la señal de que te amaba, y tú Alma me respondió.

Desde entonces quedamos hermanados, aunque estemos lejos».

«Yo elegí ser un árbol, y tengo una vida plena. Parte de mí está en la Tierra, que como una madre amorosa me entrega todo lo que preciso: arraigo, agua, minerales… También estoy unido al cielo. Recibo el calor y la luz del Sol, y así puedo realizar una hermosa tarea: trasmutar el dióxido de carbono en oxígeno para que el aire lo lleve hasta vosotros. Haciendo esa labor me siento muy dichoso».

«Aunque no hay otros árboles cerca de mí, no estoy solo, ya que el Padre me acompaña en cada momento. Le veo y le siento en los pájaros que se posan en mis ramas, en las hormigas que corretean por mi tronco, en la suave brisa que mueve mis hojas… Al oscurecer espero con ilusión la salida de la Luna: yo le cuento cómo he vivido el día, y ella me habla de mundos hermosos y lejanos… ¡Soy tan feliz!».

«Tú puedes sentir lo mismo que yo. Vas a tener todo lo que necesites, confía. El Padre te ama; siempre te ha cuidado y lo seguirá haciendo. Te lo digo yo que le veo continuamente y hablo con Él. También tú lo harás muy pronto. Desde tu corazón le hablarás y en tu corazón le escucharás».

«Gracias por ser mi amigo, por mirarme y tenerme todo este tiempo junto a ti. Te pido que aquellas noches en las que no podamos ver la Luna, nos unamos en una oración para que todos los Seres de la Tierra podamos sentir a Dios en nuestro corazón. Te amo».

 

 

 

 

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Juan José

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