LA CUEVA DE ÓNIX

Os ofrezco este relato o ficción (que de ambos modos puede ser llamado) con el ruego de que lo acojáis sin reserva. Tal vez a algunos pueda pareceros una fábula; a otros un simple cuento, e incluso habrá quien considere que es un narración curiosa aunque intrascendente. Ya os avanzo que en mí habita como cierto todo lo que aquí se refiere, si bien en varias cuestiones sin mayor trascendencia me he permitido diversas licencias literarias.

Nace esta historia un agradable día soleado de finales de Junio del año 2009, y desde entonces he sentido la necesidad de darla a conocer a todas las personas de alma sensible que buscan esos hechos que permanecen ocultos a sus sentidos físicos, y que al tropezarse con alguno de ellos se sienten colmadas por tener la confirmación de que lo sagrado y lo sobrenatural existe y está cerca, tan próximo que alargando la mano puede ser tocado. Ese fue mi caso en esta experiencia que ahora comparto con vosotros.

Aquel día de comienzos del verano, a media tarde, me encontraba en un hermoso valle sintiéndome en comunión con el paisaje que me rodeaba. La vereda por la que caminaba atravesó varios campos sembrados de flores. Las del primer prado eran todas de color rojo, tréboles escarlata, amapolas, silenes rojos…; a este le siguió un nuevo plantío rebosante de flores blancas, entre las que se distinguían prímulas, campanillas, jaras…; a continuación un tapiz azul con flores de achicoria, yerba de santa Lucía, campanillas azules…; más tarde el terreno estaba colmado de flores amarillas, dientes de león, margaritas, gordolobo… Por último el camino franqueó un campo algo mayor que los anteriores, sembrado de flores de los cuatro colores: rojas, blancas, azules y amarillas, entremezcladas sin guardar un orden determinado, componiendo un paño multicolor de gran belleza.

El camino, ahora convertido en una senda, ascendía por la ladera de una pequeña colina, y al llegar a la cima pude contemplar el encanto de los lugares por los que terminaba de pasar. En dirección Este se distinguía un pequeño bosque situado a un par de kilómetros de distancia. Sorteando obstáculos pude aproximarme a la arboleda, la cual albergaba ejemplares de varias especies y un tupido sotobosque de herbáceas y arbustos que dificultaban sobremanera mi avance entre tan espesa vegetación, aunque una fuerza invisible me inducía a continuar.

LA GRUTA

800px-Stalactite_in_Kelly_Hill-Foto-de-Xmhaoyu-Wikimedia-CommonsTras casi media hora de bregar con la floresta, el impulso que me guiaba me indujo a separar las ramas de unos enmarañados matorrales y es entonces cuando divisé la entrada de la cueva. Con cautela, aunque sin temor, me fui aproximando y me adentré en ella, deteniéndome al instante para que mis ojos se adaptasen a la escasez de luz. Cuando los contornos del interior de la caverna empezaron a tomar forma observé a mi derecha un receptáculo de mármol rosa colocado sobre un pedestal del mismo mineral. La vasija estaba llena de agua, y sin ser muy consciente de mis movimientos, introduje ambas manos en el recipiente formando con ellas una cavidad que llené de agua y pude así bañar mi cara, como una especie de ablución.

Unos escalones formados por tierra y piedras amasadas me condujeron hasta el suelo de la caverna. Por unas pequeñas rendijas del techo se filtraban minúsculos rayos de luz que, aunque no disiparon la penumbra, me permitieron ver que la cueva era muy amplia, de unos doce o quince metros de anchura y más de cincuenta de profundidad. También la altura era considerable, como la de un edificio de cinco o seis plantas. Al fondo, en el extremo opuesto al que yo me encontraba, la gruta se apuraba formando una galería de apenas un par de metros de anchura, pero no me fue posible averiguar si desembocaba en otras estancias o era el final de la cueva.

En el centro del recinto divisé algo extraordinario: una inmensa esfera de ónix negro. Emplazada sobre una peana de mármol blanco, que aún destacaba más la intensidad de su negrura, el ónice irradiaba majestad y esplendor. Atraído por su magnetismo me acerqué al cristal. Mis ojos quedaron a la altura de su ecuador, por lo que deduje que la bola mediría unos tres metros de diámetro. Ciertamente el cristal de ónix era espléndido: de un color negro intensísimo, resplandeciente, pulido, único. Su belleza y su fuerza activaron en mí una profunda paz al tiempo que me sentía confiado, sin rastro de temor y con el alma inmaculada, como si naciese por primera vez como ser humano.

LAS 144 ESFERAS

imagesDespués de un tiempo dejé de contemplar la esfera, y al mirar a la zona de la cueva con mayor penumbra distinguí un Ser que meditaba sentado en la postura del loto, en total quietud, con la cabeza un poco inclinada hacia delante, los ojos cerrados y la espalda recta. Respetando su silencio fui a sentarme en una bancada de piedra, cerca de la pared. Al poco de cerrar los ojos y comenzar a repetir mi mantra alcancé un profundo estado meditativo desconocido hasta entonces para mí.

Mi meditación transcurría libre de ideas, apacible y profunda, cuando en mi mente penetró un pensamiento procedente del Ser al que yo en mi interior denominaba “el Maestro silencioso”. Pedía permiso para dialogar telepáticamente conmigo. Al recibir mi consentimiento, también telepático, agradeció mi presencia en la gruta y me dijo que él era el Guardián de la cueva y de la bola de ónix. Su meditación duraba ya casi dos mil años, y esta era la primera y única ocasión en la que interrumpía su concentración, aunque solo parcialmente.

Aquel diálogo telepático me parecía era algo natural, como una conversación de las que habitualmente mantenemos con un amigo. Tras unos minutos de silencio volví a escuchar sus pensamientos, y en ellos me invitaba a que mentalmente le formulase mis preguntas. Le trasmití mi interés por conocer detalles de la bola de ónix.

Pasados unos momentos, el Guardián me respondió:

«Hay un total de ciento cuarenta y cuatro bolas de ónix semejantes a esta emplazadas en diferentes lugares de la Tierra, y aunque la sílice de la que están compuestas procede de una mina del continente americano, todas ellas han sido forjadas fuera del planeta, en distintas partes de esta galaxia. Existen tres esferas mayores que esta que tú ves, con un diámetro de algo más de cuatro metros. Una está situada en el Himalaya, en Nepal; otra en la fosa de las Marianas, en el océano Pacífico; y la tercera se encuentra en una oquedad a más de ochocientos metros de profundidad bajo la ciudad de Nueva York».

Toda mi atención se concentraba en la información que aquel Ser sabio me trasmitía para que ningún dato o detalle pudiese perderse. El Guardián reanudó su historia:

«De igual tamaño que esta nuestra (mi corazón se aceleró al oír la palabra “nuestra”) hay en total trece bolas que se encuentran colocadas en lugares de elevado poder energético. Dentro del gran globo que es la Tierra forman un dibujo muy semejante al “hombre de Vitruvio” de Leonardo da Vinci, pues cada una de ellas está ubicada en el espacio que correspondería a una de las trece articulaciones mayores del cuerpo humano. Este ónice nuestro (¡lo repitió!) se encuentra donde hipotéticamente estaría la articulación del hombro derecho, la que a ti te corresponde por nacimiento. Cada una de estas trece bolas de tamaño intermedio, mide 3,1416 metros de diámetro, pues el tamaño de todas las esferas tiene relación con el número π».

«Los ciento veintiocho globos restantes son más pequeños, con diámetros entre uno y medio y dos metros, y se encuentran dispersos a lo largo de toda la Tierra marcando líneas de vectores de fuerza a través de las cuales la energía se desplaza velozmente de un punto a otro del planeta».

LOS MAESTROS DE SABIDURÍA Y AMOR

maestrosTras esta información, el silencio. En mi mente surgieron nuevas preguntas; aspiraba a conocer cómo fueron creados esos enormes cristales de ónix y de qué modo llegaron a la Tierra. Sin tardanza, el Guardián me reveló esos misterios:

«Los hombres llevamos aquí en la Tierra varios miles de años, y en ese largo periodo de tiempo hemos dañado a otros seres humanos, a distintas especies e incluso al propio planeta. Con cada uno de nuestros actos carentes de Amor se genera una energía de baja vibración que se agrupa formando egrégores (nubes que se diseminan por el planeta y afectan a todos los seres que en él vivimos). En las primeras etapas evolutivas apenas nos distinguíamos del reino animal y formamos los primeros egrégores, pues al carecer de una conciencia desarrollada eran los instintos los que gobernaban nuestras vidas. En los momentos actuales, la multitud que habita el planeta también crea con frecuencia energías densas que se unen por afinidad vibratoria y dificultan el desarrollo evolutivo».

Su voz pausó. Lo que el Guardián me trasmitía evocaba en mí difusos recuerdos de un pasado remoto en el que yo, formando parte de aquellos grupos primitivos, fui participe en la formación de esas energías densas.

«Desde mucho tiempo atrás —de nuevo captaba sus pensamientos—los Maestros de Amor y Sabiduría ya conocían estos acontecimientos, por lo que hace unos cuarenta mil años se reunió El Concejo de la Confederación Galáctica con el fin de concebir un plan de auxilio para tiempos futuros. La ayuda se destinaría a la Tierra en su conjunto, puesto que toda ella se vería afectada por las acciones humanas. De aquél conclave surgió la idea de crear las esferas de ónix, para lo cual fue necesaria la dedicación exclusiva de varios cientos de Maestros durante un largo periodo de tiempo. Como ya sabes, todas las bolas de ónix están formadas por sílice, un mineral cuyo origen se remonta a cuando este planeta estaba todavía en formación. El mineral de ónix fue extraído de una mina en América y llevado a varios lugares de la Galaxia:

1.- En Sirio se crearon las tres esferas mayores y siete de las esferas de tamaño intermedio, entre ellas esta que tenemos aquí junto a nosotros. En la estrella Sirio A residen la mayoría de los Maestros de treceavo grado, que son los únicos con la capacidad de crear estos globos gigante

2.- Las restantes seis bolas intermedias fueron moldeadas por Maestros de doceavo grado en las estrellas Rigel y Betelgeuse de la constelación de Orión, tres en cada una de ellas.

3.- Y, finalmente, la forja de las 128 más pequeñas se encomendó a Maestros de los grados noveno al onceno residentes en las estrellas Aldebarán, Arturo, Vega y otras más de esta galaxia».

 LA CREACIÓN DE LAS ESFERAS

images-1Al mismo tiempo que le escuchaba en mi mente se formaban diáfanas imágenes de todo el relato como si el Guardián, además de la información, compartiese conmigo sus sentimientos. Sus pensamientos, precisos e intensos, debían llenar toda la gruta. Prosiguió con la narración:

«Todas las bolas están formadas por un incontable número de capas concéntricas de óxido de silicio, cada una de las cuales, desde el núcleo hacia el exterior, es de un negro más intenso que el de la capa que la recubre. La ciencia humana aún no ha desarrollado una tecnología capaz de detectar la intensidad del color negro de las capas intermedias y menos aún el de las más profundas».

«Para crear las esferas de mayor tamaño, los Maestros de Sirio involucrados en el proyecto se organizaron en tres grupos de treinta y tres Maestros cada uno. En una cámara sagrada de elevadísima vibración, los Maestros sentados en postura de meditación alrededor de un único átomo de sílice, ingresaron en un estado de profunda conexión con el Ser Supremo. Esta sala, inmaculada, es utilizada únicamente en acontecimientos extraordinarios y siempre con la autorización expresa de Hunab Ku (el Sol Central de la Galaxia)».

Cada pensamiento del Guardián me llegaba sin adornos, claro y concreto. Gozaba de una mente poderosa que le permitía realizar una extraordinaria tarea en aquella caverna que asemejaba un templo del que durante los últimos dos mil años trascendía Amor a toda la Tierra.

«En ese estado singular —continuó diciéndome—, cada uno de los Maestros mantuvo de modo continuo durante un periodo de veintiséis mil años un solo pensamiento: su Amor al Padre Creador, Dios. Como consecuencia, ese átomo inicial adquirió un intensísimo color negro de una pureza casi infinita, y llegado un momento crítico atrajo a él otros átomos de sílice que formaron capas sucesivas concéntricas a su alrededor, cada una de ellas con un color negro más intenso cuanto más cercana al átomo primigenio. El proceso fue similar para las bolas de los tamaños inferiores, aunque los plazos de tiempo y el número de Maestros, así como el rango de estos, fueron diferentes».

Hizo otra breve pausa y, adelantándose a mi pregunta, me mostró la función de las esferas de ónix:

«Las bolas de ónix son asombrosamente puras por el modo como han sido creadas. Aunque la mayoría de nosotros aún no estamos preparados para comprender lo que es el auténtico Amor, podríamos decir que es la manifestación de una extraordinaria pureza, ya que esta es la cualidad base desde la que se desarrollan todas las demás. Y justamente esa es la cualidad esencial de los ciento cuarenta y cuatro cristales de ónix, la PUREZA. La irradian de modo constante, creando una malla planetaria que armoniza y equilibra aquellas energías de baja vibración que los seres humanos generamos con nuestro egoísmo. Esta gracia nos ayuda para que nuestro proceso evolutivo pueda darse con un menor esfuerzo y en un plazo de tiempo más corto. Tú ya has sentido, al poco de entrar en la cueva, como las vibraciones de la esfera de ónix llenaban de paz todo tu Ser».

EL GUARDIÁN

images-2Hace varios años, una querida amiga que ya no está entre nosotros, me refirió que en el plano astral existía una cueva con una gran esfera de ónix negro en su interior. Entonces, ¿cómo era posible que ese mágico lugar se hallase aquí en la Tierra? ¿Qué fuerza misteriosa me había guiado hasta la cueva? ¿El Guardián era un Ser real?… En seguida se presentaron las respuestas que el Guardián me trasmitía:

«Esta gruta ha sido mi hogar durante un largo espacio de tiempo. Desde el momento de mi llegada he permanecido meditando de modo ininterrumpido frente a la bola de ónix, en la misma postura que ahora me ves. Mi paz mental ayuda al ónice en su tarea de servicio a la Tierra. En breve, pues apenas faltan 18 años, acaba un ciclo planetario de dos mil años y se activa mi séptima iniciación. Entonces, siendo ya un Maestro de séptimo grado, concluirá mi servició aquí en esta cueva y me trasladaré a la fosa de las Marianas para suceder al Guardián que actualmente se ocupa de la esfera allí plantada».

«El día de mi partida, dentro de 18 años como te he dicho, tú entrarás nuevamente aquí en la cueva y ocuparás mi lugar durante el siguiente ciclo de dos mil años. Estás capacitado para realizar la valiosa tarea de ser Guardián de esta esfera de ónix de tamaño intermedio. En el siguiente ciclo de dos mil años, finalizada aquí tu labor, me sustituirás en la fosa de las Marianas, y ejercerás allí tu función de Guardián durante el último periodo, asimismo de dos mil años. Los Maestros más elevados nos anuncian que para entonces el Amor ya habitará en el corazón de cada uno de los seres humanos que pueblen la Tierra y no será necesaria la ayuda de los cristales de ónix».

La mención de que yo sería el próximo Guardián de la esfera de ónix me alteró. ¿Dos mil años? ¡Imposible! No me sentía preparado para tanta responsabilidad. Con todas mis fuerzas intentaba poner orden en el caos de mi mente. El Guardián, entretanto, había dejado de trasmitir telepáticamente, quizá esperando a que yo me serenase… Cuando alcancé un cierto equilibrio le respondí que yo no me sentía preparado para una tarea tal, pues apenas si era capaz de permanecer una hora en meditación sin que el cansancio o algún pensamiento intruso me obligasen a terminarla. Como él seguía en silencio, le pregunté que quién había decidido que yo desempeñase la tarea de ser el Guardián del cristal allí en la gruta. Escuetamente me respondió: “Tú mismo”. Y, sin tardanza, esclareció su contestación:

«No volverás a la cueva hasta el día en que inicies tu servicio. Desde el primer instante se creará una perfecta comunión entre tú y la esfera de ónix, de modo que a través de ella percibirás cualquier emergencia que suceda en la Tierra. En ese momento el ónix te podrá hacer una petición de ayuda, como que cambies tu mantra habitual de meditación a otro diferente que el propio cristal te inducirá, y con el cual favorecerás su alineamiento con las demás esferas; también podrá pedirte que entones el canto de unas sílabas que igualmente te sugerirá, u otras peticiones diferentes. Todo obedece a una Sabiduría bella y plena de Amor y tú eres el garante de que esa Sabiduría y ese Amor se perpetúen. Confía».

Y, en lo que parecía ser la despedida, añadió:

«Físicamente regresarás aquí pasados dieciocho años, aunque astralmente puedes trasladarte a este templo cada vez que lo desees. Si así lo haces siempre me verás meditando en esta postura en la que ahora me encuentro. Yo no te hablaré, pues mantengo toda la atención focalizada en el Padre Celestial para que su pureza pase a través de mi Ser, y llene este lugar y la esfera de ónix».

«Puedes invitar a aquellos de tus amigos que sientas preparados para que, también de modo astral, puedan venir aquí. Recuérdales que ingresan a un tabernáculo dedicado a la pureza. Al meditar en este lugar, su Alma se hará trasparente y a través de ella se manifestará la Verdad».

«Búscate una pequeña bola de ónix y llévala siempre contigo, pues hay seres que no entienden tu Luz y van contra ella. El ónix te protegerá. Hay uno que es para ti y te está esperando. Te amo».

Miré el hermoso cristal de ónix, mi compañero en los próximos dos mil años. ¿Habría escuchado nuestro diálogo? ¿Se entristecía por la cercana marcha de su amigo el Guardián? ¿Cómo me recibiría?… Sentí que se me confiaba un hermoso trabajo, y en mí comenzó a brotar un sentimiento de gratitud por la tarea que se me encomendaba, mientras que una voz interna, que por momentos resonaba con más y más fuerza, me decía que “yo ya estaba preparado”. Me acerqué a la salida de la cueva, y ya junto al umbral me giré inclinando la cabeza en un gesto de respeto y reconocimiento al Guardián y a la esfera de ónix.

Fuera todo seguía igual, el calor del sol de Junio, la belleza multicolor de las flores, el alegre trino de los pájaros…, aunque yo era un Ser diferente, nuevo. Cantando retorné a mi casa por los mismos caminos que apenas unos momentos antes me habían llevado a LA CUEVA DE ÓNIX, mi futuro hogar.

 

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Juan José

2 comentariosDejar un comentario

  • ESTOY MARAVILLADA DE TODO LO QUE NOS APORTA ESTA PAGINA, BENDICIONES INFINITAS POR SU COMPARTIR, SER Y ESTAR. GRACIAS. GRACIAS. GRACIAS.

    • Gracias a ti por tus palabras de ánimo. Ya ves (veis) que mi página web no tiene una periodicidad en cuanto a post. Únicamente publico algo cuando siento que puede ser útil a los que lo lean y a mí mismo.

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