ESPEJISMO Y REALIDAD

Los escritores ponen mucho interés en iniciar sus libros con expresiones que seduzcan al lector. A veces se trata de una sola frase, como en el caso de la novela “Moby Dick”. Algunos críticos literarios consideran que esta novela de Herman Melville tiene uno de los principios más brillantes de toda la literatura. El libro, como muchos recordáis, comienza así: “Llamadme Ismael”.

De manera similar, este artículo empieza con una idea que a la vez que impactante expresa la verdad: “Cada uno de nosotros somos el mismo amor que Dios, el Creador”.

Esta frase anuncia algo tan grandioso que no nos lo creemos. ¿Cómo voy a ser yo el mismo amor que esa energía tan extraordinaria que ha creado todo lo que existe? Si así fuese, al mirar en mi interior contemplaría un hermoso jardín con plantas de bellas flores: la flor de la paz, de la sabiduría, de la unidad, de la alegría…

Pero yo no descubro en mi interior esa lindeza. Al contrario, me veo invadido por hierbas y plantas que no invitan a estar junto a ellas: la planta de la duda, de la desesperanza, la que me dice que no valgo, la que me hace sentir que no soy apreciado por los demás…, y veo también un árbol del que brotan unos frutos que desde niño me han hecho temblar: el temor, la inquietud, el miedo.

Todos hemos sentido dolor alguna vez. El dolor es una señal que nos dice: “Hay algo en ti que está en desarmonía”. ¿Habríamos descubierto ese desorden sin la ayuda del dolor? ¿Sería entonces exagerado decir que el dolor está a nuestro servicio? Lo mismo sucede con esas plantas que no nos gustan y han colonizado nuestro jardín interior: ¿Por qué las rechazamos? ¿Acaso no nos damos cuenta de que, como el dolor, están ahí para ayudarnos?

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Esas plantas que no deseamos son nuestras aliadas. Ellas son el reto que precisamos para purificarnos y poder ver lo único que es real: que nuestro jardín solo cobija amor, el amor de Dios. Para ello hemos de levantarnos cada día con un mismo propósito: entrar en nuestro interior a regar, abonar y cuidar las flores que expresan nuestras cualidades divinas. Solo ellas existen, y el resto que creemos ver no son más que espejismos. Y al igual que al sanar un órgano enfermo el dolor se desvanece, al descubrir esas cualidades divinas lo irreal desaparece.

Este es el sentido de la vida:

desarrollar y manifestar nuestra esencia divina.

 

 

 

 

 

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Juan José

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