EL VUELO DEL ÁGUILA

Decimos que la esencia de todo lo que existe en la creación es Amor. Pero, ¿vemos siempre Amor, y por tanto belleza y perfección en todo momento? A menudo no, e incluso apreciamos fealdad e imperfección. ¿Está entonces equivocada esa afirmación de que todo es Amor? ¿O es que nosotros aún no estamos preparados para verlo?

En la Península Ibérica, como sabéis, vive el Águila Imperial Ibérica. En Portugal apenas hay media docena de ejemplares y el resto, alrededor de 250 parejas, viven en España. Esto nos hace conscientes de la gran responsabilidad que los españoles tenemos para que esta ave no desaparezca. Como deseamos verla y observar su vuelo, hacemos un viaje imaginario y mágico al Parque Nacional de Doñana.

Es el atardecer, y acompañados por un guía nos adentramos en el parque hasta un lugar idóneo para ver el vuelo de esta ave de presa. El guía señala al cielo, y elevando la vista observamos un bello ejemplar: un águila macho, según nos dice el guía, que aprovecha las corrientes de aire para volar sin esfuerzo describiendo círculos muy amplios. Desde la gran altura a la que estas aves pueden llegar otea el suelo, tal vez buscando una presa o puede que vigilando su territorio. Sentimos que es un vuelo majestuoso, lleno de belleza y perfección. Con estos hermosos sentimientos nos marchamos esa tarde del lugar.

Volvemos al día siguiente a esa misma zona, también al atardecer, y el guía nos indica una dirección en la que mirar, pues el águila parece que va a iniciar el vuelo desde la rama de un árbol. Lo que vemos nos encoge el corazón: el ave apenas si puede aletear y elevarse por más que lo intenta, pues su ala izquierda cuelga caída en su costado. Oímos al guía decir que el águila tiene el ala rota y que es muy posible que no pase de esa noche. Cuando llega el momento de marcharnos del lugar, nos vamos con un sentimiento de tristeza, muy distinto de la alegría que sentíamos ayer. El hermoso vuelo de ayer, hoy se ha convertido en un intento fallido, carente de gracia y belleza.

Más tarde, en la paz de mi habitación, me pregunto: ¿Es cierto lo que han visto mis ojos? ¿No es toda la creación belleza, perfección, Amor…? Para sentir la verdad, cierro los ojos y entro en mi interior, el lugar donde mora el Ser, la fuente de la Verdad. Respiro con calma y quedo a la espera de que me hable. Pasado un momento oigo a mi Ser que, sin sonidos ni palabras, me dice:

      “El águila que viste volar el primer día de aquel modo tan majestuoso, danzó en el cielo expresando el Amor del Creador, el Amor del Padre. No una porción de su Amor, sino todo su Amor. El segundo día, en ese intento de vuelo fallido, igualmente expresó el Padre todo su Amor por medio del águila. Él, al que le encanta ver volar a las aves, miró complacido como su Amor, todo su Amor, se manifestaba en los vuelos de ambos días. Yo, que estaba observando esos vuelos junto a Él, pude ver y sentir lo que siempre veo y siento: no volaban las águilas, sino que era Él, el Padre, quien danzaba en el cielo para nuestro gozo y deleite.”

Parece que ha terminado, pero aún añade:

“¿Quieres ver la perfección que te rodea por todas partes? Mira con los ojos del corazón: aquí en tu corazón estoy Yo, que soy el Padre, que soy tú.”

¿Qué nos muestra este relato? Que toda la imperfección que podamos ver en los demás y en el mundo, o dicho de otro modo, toda la ausencia de primor y belleza que apreciemos en el modo de ser de una persona o en una situación, hemos de saber que no es real. Se trata siempre, sin excepción, de que aún no somos capaces de ver la excelencia que se muestra en todo lo creado. Más aún, es la Divinidad quien se expresa.

En nuestro vivir diario, ¿qué significado tiene esto?

Que nunca tenemos razón cuando juzgamos o criticamos creyendo que otro lo hace mal y que puede hacerlo mejor y más perfecto. ¿Supone eso que siempre hemos de ver y decir que todo está bien, aceptarlo y seguir adelante…? Pregúntale a tu Ser: Él sabe, tú sabes.

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Juan José

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