EL JARDIN DE DIOS

E L   Á N G E L

Después de un día adverso en el que todos los sucesos se conjuran en mi contra, me acuesto temprano. Permanezco despierto mucho tiempo alimentando en la mente los incidentes de la jornada, hasta que ya extenuado se impone el sueño. Mi conciencia vaga por mundos inexistentes cuando una voz me despierta:

—Levántate, vamos a hacer un viaje  —escucho desorientado.

A los pies de la cama, cerca de la ventana, resalta una silueta envuelta en un halo blanco azulado que juzgo un ángel con las alas plegadas. Su voz dulce y segura infunde confianza. Me visto en silencio, y agarrado a su mano salimos de la habitación. Él se guarece con una túnica azul claro de una sola pieza, sencilla y sin botones, con un par de aberturas en su parte posterior por las que irrumpen dos alas de color blanco radiante. Enseguida volamos surcando galaxias y cruzando un profundo espacio vacío que me llena de paz.

Durante el tiempo de la travesía ambos permanecemos callados y en ningún instante llego a mirar su rostro. Todo sucede muy rápido, y aunque no siento temor ni preocupación, sí me percibo desconcertado. Finalmente llegamos a un mundo surgido de la ausencia. Al posarnos en tierra el ángel me anuncia que más tarde regresaremos a casa, y con las alas recogidas se marcha andando por un camino cercano.

 

E L   Á R B O L

images-8Multitud de preguntas pugnan en mi mente para ser la primera en merecer una respuesta: ¿Dónde estoy? ¿Cómo he podido surcar el Universo en apenas un segundo? Aunque todo parece real, ¿estaré soñando?… Miro en derredor y descubro un enigmático territorio que cobija plantas insólitas, animales apacibles que no cesan de mirarme y árboles regios. Uno de ellos, similar a un castaño de indias pero de hojas ovales y tronco liso, usurpa mi atención. Seducido, voy junto a él y apoyo la mano derecha en su tronco. Inesperadamente me habla:

—Bienvenido, te aguardaba.

Maravillado por su voz grave y pausada, que parece surgir de sus ramas más gruesas, doy un paso atrás para observarle mejor.

—Te encuentras en el Jardín de Dios. Vivo aquí desde el principio de los principios; si lo deseas puedes tomar uno de mis frutos.

Alargo el brazo hasta alcanzar uno de color morado algo mayor que un arándano, y luego de liberarlo de la cubierta que lo protege, lo llevo a la boca. Su extraño sabor me deja indiferente. El árbol, en silencio durante el tiempo en que mastico el fruto, prosigue:

—Desde ahora albergas mi sabiduría: al mirar una piedra, planta o animal, conocerás su sentir.

Luego de una breve pausa me invita a que mire a la izquierda. Mis ojos se encuentran con los de un animal afín a un reno, si bien más pequeño y sin astas. El afable animal me observa con atención, y conozco que es dichoso al verme. El árbol refiere múltiples experiencias suyas y de otros seres de aquel sitio, aunque en ningún momento alude a Dios. Al enmudecer entiendo que ha entregado todo lo que me es útil; inclinando la cabeza le expreso gratitud por su acogida.

 

E L   L U G A R

colorful-rock-garden-plants-1Retorno al sendero, sin cesar de discurrir: “Tengo muchos amigos que son mejores personas que yo, con menos defectos y un corazón más puro, ¿por qué yo? ¿No hubiese sido mejor elegir a Alejandro, Alex, con el que siempre se puede contar? No recuerdo ni una sola vez en la que haya ofendido a alguien. ¿Por qué no le han escogido a él? Además, en esta etapa de mi vida a menudo me siento confuso y vulnerable. Francamente, parece un sinsentido”.

Las preguntas se acumulan en mi mente cuanto más observo fascinado este inconcebible territorio. No lejos de aquí, a la izquierda del camino, diviso un extraño tapiz en relieve moldeado por multitud de flores de diversos tonalidades y formas: en el centro se erigen las de tallo más alto, y a su alrededor, en alturas decrecientes, el resto. Al acercarme alcanzo a ver algunas especies de flores conocidas (lirios de día, heliconias rojas, agapantos de tallo espigado), en tanto que otras muchas me son extrañas y tal vez no existan en la tierra.

 

E L   P R O D I G I O

1186314_415239108584534_382765168_nMirando aquellas flores se gesta en mí un prodigio: poseo la cualidad de distinguir, de manera simultánea, la fragancia de cada una de las flores de este pequeño edén, conociendo con certeza de cual de ellas nace cada olor, percatándome de inmediato que todos los aromas juntos dan a luz un perfume nuevo y noble del que no soy consciente a través del olfato, sino que nace en mi interior impregnando todo mi ser.

Aprecio un portento semejante siempre que la Naturaleza muestra diversidad: soy capaz percibir con nitidez —aislado de los demás— el canto individual de cada pájaro del entorno; el particular matiz verde de cada una de las incontables hojas de un árbol; los múltiples y diferentes sonidos del agua al golpear las paredes de los arroyos y torrentes.

Al tiempo que esa multitud de cantos tan diversos, de infinidad de verdes y de inagotables murmullos de agua, se funden en mi Alma como algo propio, y de ella brota un canto impar y glorioso; un verde singular y sagrado; un eco jovial y feliz.

Ese baño de sensaciones que albergo en mi interior con deleite y asombro a la vez, se propaga fuera anegando el espacio a mi alrededor, ¿todo el Universo tal vez…?

 

C A N E L O

PERROVadeo un recodo de la senda, junto a un montículo colonizado por lindas flores polícromas diferentes a todas las que conozco, y tropiezo con unos grandes ojos marrón olivo: es Canelo, mi perro, fiel compañero y cómplice de juegos y travesuras con el que compartí la agridulce época de la niñez. Al verlo siento una profunda emoción.

Yo estudiaba interno en un colegio religioso de férrea disciplina, y al llegar las vacaciones acompañaba a mi padre a la finca en la que estaba Canelo. Él, brincando y moviendo el rabo, salía a esperarme. Los caseros me confesaban que un rato antes de que yo llegase, Canelo ya saltaba inquieto y risueño por la vereda que une la finca a la carretera. ¡Qué día más triste aquél en el que Canelo no salió a recibirme! Mi padre me explicó que había muerto unas semanas atrás. Y ahora lo veía allí enfrente, joven, esbelto, lleno de vida. ¡Qué alegría verle de nuevo! No paraba de menear el rabo, y sus grandes ojos revelaban que seguía amándome.

En la andadura por estos parajes encuentro seres sorprendentes y terrenos mágicos —la ruta de las mil cuevas; el bosque de los árboles sabios; el manantial de agua dorada, y otros más— de los que os hablaré en otra ocasión.

 

E L   M A R Ú

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Cerca de un río ancho y poco profundo, el sendero rodea una roca de gran tamaño que contiene vetas de diversos minerales. Al dejar atrás el peñasco puedo ver que el camino se ensancha y en ese espacio más vasto una multitud de ángeles de las distintas jerarquías forman una gran circunferencia. Al aproximarme observo que todos dirigen su mirada al oeste, en dirección a unos montes cercanos con las cumbres romas, esperando que algo acontezca en ellos. Me incorporo al grupo y quedo expectante avistando esas cimas que parecen anunciar un evento extraordinario.  

A los pocos minutos de arribar, un estruendo de regocijo brota de los reunidos: en el cielo, sobre la cresta de las montañas, se divisa una pequeña silueta que se mueve rumbo al círculo en el que estoy junto a los mensajeros divinos. Al aproximarse puedo determinar que se trata de un pájaro algo mayor que un milano boreal que avanza batiendo las alas de manera inapreciable, aunque más que volar parece surcar el cielo a lomos de las nubes.

Es un vuelo sereno y majestuoso, en sintonía con la brisa y bendecido por los rayos del Sol. Pienso que el cielo nos entrega un maravilloso regalo: se presenta el Marú, el Ave Sagrada, el Pájaro Divino. Es un ave única en toda la Creación y tan longeva como el propio Dios.

Nadie conoce el origen del Marú, que solo surge para anunciar que la aparición del Padre Celestial está próxima. Su pico —que no posee una función alimenticia— contiene nueve pequeños orificios semejando una diminuta flauta; las alas son amplias en proporción al tamaño de su cuerpo, con las plumas de las coberteras mayores muy desarrolladas; el reflejo de su plumaje es indeterminado, pues cada ser que lo mira ve el colorido más espléndido que le es posible vislumbrar, aunque a todos sin excepción se nos muestra con la cabeza de tonalidad magenta y la cola dorada.

Al llegar al eje central del corro, el Marú detiene el vuelo y pliega sus alas, quedando suspendido, estático, a unos cinco o seis metros por encima de nuestras cabezas. Tras persistir unos minutos en total quietud extiende de nuevo sus alas, y entretanto ejecuta un ritual con movimientos pausados y armónicos, gorjea un trino melódico de incomparable donosura, pues ni siquiera el lindo canto del uirapuru —del que dice la leyenda que cuando él canta toda la floresta se silencia— puede comparársele.

Al concluir la ceremonia, el ave cierra nuevamente sus alas y permanece silenciosa y en total quietud. El canto del Marú dura apenas un minuto, y posee la merced de sanar el Alma del que lo escucha desde su primera concepción.

 

D I O S

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Todavía deslumbrado por la aparición y el cántico del Ave Sagrada, soy testigo del mayor de todos los milagros: en el centro del círculo, en la tierra, debajo del Marú, surgiendo por igual de todas partes y de ninguna, irrumpe Dios, el Padre Celestial, el Creador. Con Él emerge una intensa paz que inunda aquel espacio. Dios queda inmóvil, en silencio, con los pies juntos y los brazos pegados al cuerpo, mostrando su Majestad y Gracia Celestial.  

A una señal del Marú —un reclamo imperceptible para el oído humano— Dios separa los brazos, eleva su cuerpo y comienza a girar sobre sí mismo sin tocar la tierra, suspendido a unos centímetros del suelo, en una danza delicada que tenuemente recuerda al Sema, la meditación de los derviches. Son giros de un primor indescriptible, con los brazos extendidos y la larga melena ondeando al viento.

De la punta de sus cabellos escapan minúsculas gotas que al tocar la tierra cristalizan en pequeñas perlas multicolor. Al terminar la danza sagrada, los ángeles se apresuran a recogerlas y guardarlas con esmero sin que se pierda ninguna. En el tiempo apropiado las dejarán caer a la Tierra para ayudar a mitigar los conflictos que creamos los seres humanos.              

El Marú, situado por encima de la cabeza del Padre, se balancea repitiendo los movimientos de Dios, ambos en perfecta comunión. Los espíritus celestes permanecen embelesados ante tanta belleza, y yo siento crecer en mi interior una nueva sabiduría que me enseña cual es el verdadero sentido de mi vida: ser compasivo, dar, purificarme, amar…

Al cesar Dios sus movimientos y descansar sus pies en la tierra, el Marú desciende y se posa en su hombro izquierdo. En ese momento todos comenzamos a reír y dar saltos de dicha.

 

M E   H A B L A

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Dios viste túnica blanca, bordada con ribetes azules, morados y amarillos. Su figura es majestuosa, y de su pecho salen multitud de rayos dorados dirigidos al corazón de los que le rodeamos. Su cabello, ensortijado en sus puntas y negro como el ónix, es largo hasta reposar en sus hombros.

Enseguida ocurre otro milagro: Dios gira la cabeza, me mira, y experimento que al mirarme se ve a sí mismo. De sus ojos, que tienen el brillo de mil soles y la calidez de una madre amorosa cuando acoge a su retoño en el regazo, me llegan rayos de un amor cálido y suave que penetra en mi pecho y disuelve todas las penas y temores, y advierto que se aquieta la mente y desaparecen mis deseos, pues con solo verle a Él sé que todo está bien y es perfecto. En su figura veo la de todos los seres que he conocido a lo largo de mi vida, así como la de los muchos que nunca llegaré a conocer. Y observo también que su rostro es mi rostro: Dios tiene mi cara.

En ese instante único y sublime cesa la brisa, enmudecen los pájaros, se interrumpe el fluir del agua en los torrentes, se detiene el Sol, y mi corazón late más fuerte. Es entonces cuando sonríe y me dice: “Te amo igual que me amo, pues no puedo distinguir entre tú y Yo. Te amo. Este jardín lo creé otrora para ti, pues conocía que un día vendrías. Te he esperado durante eones, aunque te pido que regreses y digas a tus hermanos de la Tierra, mis amados hijos, que les aguardo. Un día estarán aquí conmigo, y juntos para siempre, gozaremos del Amor que permea el Universo Infinito”.

 

D E S P E D I D A

945828_379128452195600_914587746_nSu sonrisa me invita a preguntarle: “El planeta en el que vivo es un lugar de dolor y separación, ¿qué puedo decirle a mis hermanos?”.

“Diles:

Ama la tierra.

Ama a tu madre, a todas las madres.

Ama a tu padre, a todos los padres.

Ama los árboles, los ríos y los valles.

Ama lo que entiendes, y también lo que no entiendes.

Ama a cada ser. En él habito Yo”.

Tras su voz, el canto de los pájaros se torna melodía divina; el brillo del sol refulge como nunca; el sonido del agua es jubiloso, mientras que el viento vuela presuroso a comunicar por doquier la buena nueva: ¡Dios espera a sus amados hijos humanos!

Se presenta de nuevo el enviado celestial, y aferrado a su mano regreso a mi hogar, la Tierra.

“No creas que acabas de leer un cuento o el relato de un sueño.

Confía en mí.

Por eso te digo: ven, acompáñame al Jardín de Dios.

Él nos espera”.

 

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Juan José

2 comentariosDejar un comentario

  • no podia dormir asi que entre a esta pagina guiada por la divina mano de mi creador me gusto mucho como escribes y creo que fue dios contestando a mis preguntas pues estoy empesando a hacer cambios en mi vida y estoy buscando una mejor manera de comunicarme con mi creador le agradesco a dios por encontrar esta pagina y por inspirarte tanbonito me gusto mucho lo que lei dios te siga bendiciendo y inpirando y te de mas saviduria paraque la compartas gracias de verdad

    • María, gracias por tu amable comentario. Me alegra saber que lo que escribo es útil a otras personas. Pido al Creador que te bendiga ahora y siempre. JUANJO.

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